Psicoanálisis para el pueblo: la policlínica de Berlín

El pobre no tiene menos derechos a la terapia anímica que los que ya se le acuerdan en materia de cirugía básica.
Sigmund Freud, “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, 1918


El fantasma que recorría Europa, ¿se apoderó del alma de Freud apenas terminada la Revolución de octubre? En realidad no, o no por completo. Freud termina su célebre texto diciendo que la psicoterapia que algún día iba a prodigarse a las masas tomaría sus ingredientes más eficaces e imortantes “del psicoanálisis riguroso, ajeno a todo partidismo”. El debate con el socialista Adler todavía estaba ardiente.
Aún si el psicoanálisis debía ser apartidista, la propuesta de un psicoanálisis que llegara a las masas, con tratamientos gratuitos para los pacientes, algún día iba a ser tomada por el Estado e iba a ser un asunto de salud pública. Entretanto, consideraba Freud, la beneficiencia privada tendría que tomarlo a su cargo.
De esta encrucijada nació la célebre Policlínica de Berlín. No fue coincidencia que fuera precisamente en esa ciudad en donde apareciera, ni que fuese Max Eitingon quien tomara la propuesta de Freud y la hiciera realidad: la ciudad y el hombre encarnaban las contradicciones de una época en donde los dos grandes modelos económicos ya peleaban cada resquicio de la Tierra. ¿Alguno de los dos será propicio para el psicoanálisis? Interrogar las relaciones del psicoanálisis con el capitalismo no puede obviar el paso por la Policlínica, el Instituto de Berlín, y ese personaje polifacético que parece haber sido Max Eitingon. Acaso el psicoanálisis sea un factor de alienación de la subjetividad que promueve el capitalismo, al menos eso han sugerido Deleuze y Guattari.
Antes de estudiar en detalle el modelo de “formación” que surgió de la Policlínica, habrá que considerar las consecuencias subjetivas de esa gran formación sintomática que tuvo su sede en Berlín y cuyo legado continúa vivo hoy en diversas instituciones psicoanalíticas en México.


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